La inclusión en riesgo

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Vencedores y vencidos

La crisis es una oportunidad. Todos nos sabemos esa frase, pero solo en teoría. Hoy estamos intentando llevarla a la realidad durante esta época de corona virus. No sé si vamos a lograrlo, porque lo que sí es un hecho, es que la crisis saca lo mejor o lo peor de nosotros.

De lo que no hay duda es que de esta crisis saldrán algunos vencedores. El lado oscuro de la victoria es que, en la gran mayoría de estas, los triunfos de unos son las derrotas de otros. La historia, como dicen, la escriben los vencedores.

Históricamente la gente con discapacidad siempre hemos estado en el lado de los vencidos. Hasta hoy, a lo largo de la historia de la humanidad, no he conocido ninguna sociedad donde la gente con discapacidad ocupe un lugar relevante. Esta época de corona virus no tendría por qué ser la excepción, pues entre los grupos vulnerables que se verán más afectados (los pobres, los adultos mayores, los enfermos…) la gente con discapacidad, en su mayoría, ahí estaremos, en primera fila para recibir una vez más las balas de la inequidad.

El hilo se rompe por lo más delgado

El oxígeno de la gente con discapacidad está compuesto por valores como la inclusión, la empatía, la paciencia, el respeto y algunos otros. Es decir, para vivir plenamente, la gente con discapacidad necesitamos que la sociedad se nutra de estas sustancias. EN resumen, para vivir plenamente, la gente con discapacidad necesitamos vivir en una sociedad plena. La inclusión es un valor sistémico. No obstante, estos valores son materiales delicados y sutiles, microscópicos y delicados como un pequeño insecto o como una pequeña bacteria, que si no somos precavidos, podemos destruir con facilidad.

Los mencionados valores, de no estar bien cimentados en nuestro actuar, serán las primeras víctimas de los momentos tormentosos como los que hoy vivimos. Desafortunadamente la empatía, la inclusión y la comprensión son la parte más delgada de la cuerda, que al tensarla, suele romperse por ahí.

Ante momentos de estrés, lo primero que pasamos por alto, en muchas ocasiones, son los actos inclusivos. Cuando la crisis recién comenzaba, una choferesa de Uber me comentó: “y pues quieras que no, cuando vemos asiáticos en la calle o en el súper, sí los vemos raro, capaz que tienen el virus”.

Hemos visto jornadas donde la gente de algunas ciudades, desde sus balcones, le aplauden al personal de salud, policías y otras personas que están afuera, manteniendo en pie al sistema. Sin embargo vemos todos los días en el periódico encabezados como estos: “crece discriminación por Covid- 19”, publicada en Excélsior el 7 de abril del 2020. O esta columna que se llama, “discriminación, la otra pandemia”.

Hace unos días una compañera de trabajo de Alemania me decía: “es increíble cómo mi mentalidad se transformó en unos días; salí a la tienda con mi mascarilla, y casi quería morirme cuando llegué y vi la aglomeración de gente, algunos incluso abrazándose, y nadie traía una mascarilla, solo yo”. Mi compañera es una persona sensata y tranquila, pero no me sorprendería que alguno otro hubiera comenzado a maldecir a la concurrencia por intentar asesinarlo al salir  sin mascarilla y abrazarse, pues ambos bandos podrían acusar al otro de discriminación.

Ante momentos de estrés se vuelve más fácil, casi automático, pensar en nuestro bienestar individual y a corto plazo, por lo que, es fácil no incluir, es fácil refugiarnos en la selección natural, y que sobreviva el más fuerte y que se extinga el más débil. O para trasladarlo al lenguaje cotidiano: “que  sobreviva el gandalla y que se mueran los pendejos”. Suena muy crudo, lo sé, pero si lo piensa, es la máxima que ha configurado nuestra sociedad depredadora y excluyente.

Desafortunadamente para algunas personas la presente crisis del Covid-19 sí será una batalla de vida o muerte, pues las víctimas mortales ya se cuentan por decenas de miles. NO obstante, como lo señala Harari en su artículo “el mundo después del corona virus”, la tormenta va a pasar, y la gran mayoría de nosotros vamos a sobrevivir, y vamos a continuar con nuestra vida y reconstruyendo nuestro mundo. La pregunta es: ¿hacia dónde se inclinará el mundo?

La era casi dorada de la inclusión

EN la era antes del Covid-19 la inclusión y su hija la diversidad, estaban atravesando un periodo de fama y éxito sin precedentes. Las empresas más importantes lanzaban programas millonarios de inclusión y diversidad, diferentes grupos como las mujeres o la comunidad LGBTI estaban haciendo sonar sus voces, y muchas campañas solicitando inclusión a todos niveles recorrían el mundo intentando construir sociedades más equitativas.

No estoy seguro de cuáles iban a ser los logros de la ola inclusiva en el mundo, pues si bien me subo a ese tren, soy algo pesimista al respecto. Como compartía con mi jefa hace algunos meses, ni la inclusión ni la empatía han sido los pilares principales – creo – de ninguna sociedad en el mundo. Eso sí, creo que son valores que han estado presentes, a veces en la sombra, rescatándonos de la extinción de la especie humana, como dirían los gringos, “they have saved our asses.” NO obstante, se puede decir que la inclusión y la empatía son valores cuya estructura hemos comprendido recientemente y cuyas formas de aprendizaje y aplicación estamos apenas probando. Son comportamientos que nos han acompañado durante toda la vida, sin embargo, hasta hace pocos años hemos intentado que sean los valores que le den forma a nuevas sociedades igualitarias.

¿En qué bando quedaremos las minorías?

La tendencia histórica indicaría que las minorías terminaremos, una vez más, en el bando de los vencidos. La inclusión, la empatía y la solidaridad parecen valores inmaduros y que aún no sabemos aplicar y administrar en nuestras vidas. No obstante, la buena noticia es que siempre ha existido – a pesar de incontables tragedias perpetuadas por los seres humanos – un trazo de bondad, de amabilidad, de tolerancia y de solidaridad que nos ha servido como salvavidas y que nos ha mantenido a flote como sociedad.

Hoy, en medio de la pandemia, está por verse el rol que va a jugar la inclusión, y el rol que tendrá en el mundo post Covid-19. Como dije, es la parte más delgada de la cuerda. Está en nuestras manos cuidarla y erigirla en los valores rectores de una nueva forma de hacer comunidad, o está también en nuestras manos dejarnos llevar por la sensación de amenaza, provocar una contracción social y romper la cuerda y regresar al paradigma donde solo sobrevive el más fuerte.

Si puede, incluya a los que están en una postura desventajosa, no deje atrás a los más lentos. Comparta y colabore. Intentemos mantenernos inclusivos y darle forma a una sociedad de mayor bienestar durante y después de la tormenta.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx

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