La genuina accesibilidad

En el entorno de la gente con discapacidad la palabra accesibilidad es como la promesa de un paraíso donde podamos descansar del sufrimiento generado por las condiciones de inequidad en que vivimos.

Disculpe usted por lo dramático y teatrero, pero sin dejar de ser cierto, me gustó la carga novelesca de las palabras “paraíso”, “sufrimiento” e “inequidad”.

De forma menos emocional, la accesibilidad se trata de ajustes a realizarse en el entorno para que todos – sin importar nuestras diferencias – podamos tener acceso y gozar más o menos de forma parecida de la vida.

Debido a mi trabajo, me toca viajar con relativa frecuencia a países cercanos y a países lejanos. Muchas personas me preguntan cuál país es el más accesible para la gente ciega como yo. Algunas otras personas, aún víctimas del pensamiento podrido de que en EU todo es mejor, me confrontan directamente con la pregunta retórica que reza: “¿Nada qué ver EU con México verdad?

No hay respuestas simples, y desde hace algunos años hasta la actualidad mi postura es que, al margen de semáforos sonoros, banquetas anchas y despejadas, transportación pública accesible, guías táctiles y otros accesorios, la genuina accesibilidad radica en la actitud de todos en la calle, es decir, y a riesgo de sonar místico, la accesibilidad radica más en el interior de cada uno de nosotros que en el entorno.

Recuerdo banquetas anchas y un transporte público impecable en Singapur, pero por allá la gente vive muy apurada y estresada, así que en la calle nadie lo va a pelar. En contraparte, recuerdo que una de mis caminatas más divertidas sucedió en Atenas, circulando por banquetas estrechas y otras estrechísimas, esquivando postes, coches y obstáculos barios, pero rodeado de buena compañía.

Le cuento una anécdota reciente que ilustra mi punto.

Como ya dije, viajo con relativa frecuencia. Y si bien viajar solo siendo ciego no es la cosa más relajada de este mundo, se ha convertido en una actividad posible y a veces hasta cómoda. Esto gracias a los servicios de asistencia que nos prestan las aerolíneas y los aeropuertos en la gran mayoría de las ciudades.

Pues hace unas semanas estaba viajando de China a Monterrey. El vuelo de Shanghái hacía escala en Chicago. Al llegar a EU me relajé, pues a pesar de ser este un país que no me agrada del todo, siempre es mejor entender todo lo que sucede alrededor de uno y poder comunicarse tranquilamente con la gente en inglés y no andar como bulto, pasando de una persona a otra, con todos hablando en chino y yo sin entender una fregada.

Llegué hasta la puerta de abordaje para Monterrey. Es muy frecuente que las aerolíneas Gringas, cuando toca el vuelo de EU a México, relajan mucho su asistencia; es decir, básicamente me ignoran. ¿Asuntos raciales? No sé y me importa una chingada. El asunto era que ya casi era hora de abordar y nadie de la aerolínea se acercaba conmigo. Se llegó la hora y todo mundo seguía sentado como si nada. Así que me acerqué a un paisano y él me informó que el vuelo estaba retrasado por una tormenta, lo cual estaba anunciado en las pantallas. ¡Toma tu accesibilidad!

De las 8 a las 12 de la noche abordamos en dos ocasiones y en ambos casos tuvimos que regresar a la sala porque el vuelo no pudo despegar. Y durante los dos abordajes fallidos no conté con la asistencia de la aerolínea, pero un pasajero llamado Jorge me ofreció su ayuda.

Después del segundo aborto aéreo nos informaron que el vuelo estaba cancelado y que tendríamos que tomar un nuevo vuelo al día siguiente. Le pedí a Jorge que me llevara con el representante de la aerolínea para preguntarle cómo iba a recibir apoyo yo. Pero la respuesta del representante fue tan corta como inútil: “ahora le llamo al servicio de sillas de ruedas”. No necesitaba silla de ruedas por varias razones: la primera es porque sí camino, y la segunda es porque necesitaba saber a dónde ir, si iba a recibir un pase para un hotel, dónde tomar el taxi al hotel, cuál sería mi nuevo itinerario al siguiente día…

Jorge se ofreció a acompañarme a pedir informes. – “Todos estamos en la misma situación, nada me cuesta acompañarte”. – Había una fila kilométrica de gente con vuelos cancelados, pues la tormenta había azotado con todo, y ahí fue donde Jorge disfrutó de algunas de las bondades del bastón blanco, porque nos pasaron directo a una oficina de atención al cliente.

Pero eso sí, ni mi bastón blanco ni mi carita de “ayuden a este pobre ciego que ya quiere llegar a casa” lograron que al día siguiente nos mandaran directo a Monterrey. Nos programaron primero una escala en Dallas. Eso sí, nos dieron nuestro pase  para una noche gratis de hotel. Y allá fuimos, Jorge y yo, a las 2:00 am en una calle lluviosa de Chicago buscando el transporte que nos llevaría al hotel de cortesía. Sin embargo la fila kilométrica llegó primero que nosotros al hotel, asumo, porque no había habitaciones libres.

Regresamos a la calle y tomamos otro taxi hasta un hotel que no era de cortesía y ahí pagamos una noche. Y de pronto ahí estábamos los dos, compartiendo el cuarto con un individuo que acabábamos de conocer. Incluso Jorge compartió conmigo esa noche un pastel que le acababan de regalar en Chicago y que llevaba a Monterrey, y después de esta cena nos fuimos a dormir.

Al día siguiente y después de desayunar en el aeropuerto le pregunté francamente a Jorge si podía continuar el viaje con él o prefería que solicitara la asistencia de la aerolínea. Jorge me guio de Chicago a Dallas y de Dallas a Monterrey. Me guio incluso en el aeropuerto de Monterrey cuando ambos fuimos a reportar nuestros equipajes perdidos.

Después de esta pequeña odisea pensé: si Jorge no me hubiera ofrecido su ayuda, claro que igualmente habría logrado hospedarme en algún hotel y regresar al otro día al aeropuerto, ya lo he hecho, pero me hubiera implicado una gran carga de estrés, hablar con mucha gente y me hubiera consumido mucho más tiempo. Sinceramente me sentí tranquilo y confiado con la ayuda de Jorge, conocí a una gran persona con una gran historia y esta vez la genuina accesibilidad, esa actitud interna que reflejamos hacia el otro, fue mucho más poderosa que la accesibilidad del entorno, esa que me ofrece la aerolínea, y que puede ser falible.