La confianza es una elección

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Hay mil razones para desconfiar, pero otras mil para confiar, todo es cuestión de elección.

Tanto el devenir de las empresas y organizaciones, como el devenir de nosotros a nivel individual está marcado, sobre todo en los últimos años, por un grado creciente de desconfianza.

EL sueño húmedo organizacional de cualquier líder empresarial es crear un ambiente de confianza al interior de su organización. También en lo individual, decimos que anhelamos confiar en los demás.

En Diálogo en la Oscuridad hacemos experiencias en la total oscuridad: cenas, talleres y exhibiciones. Sostenemos que mucho de lo que nosotros, facilitadores ciegos, enfrentamos en el día a día y que aumenta las habilidades sociales, puede transferirse a un contexto profesional.

Una de las habilidades que brotan al internarnos en la oscuridad es la confianza. Al permanecer en total oscuridad, mucho de lo que puedas lograr, depende de si confías en la gente que te rodea.

Hay recetas organizacionales e individuales más o menos probadas, o al menos teorizadas, para generar confianza. Factores a considerar para generar confianza son la integridad, la claridad de intenciones, las habilidades con las que contamos y nuestro historial de resultados o expertice, entre otras.

Sin embargo hoy me enfoco en compartirles que la confianza también es una elección, y puede generarse de forma inmediata, si así lo decidimos, aunque claro, con riesgos. Para ello comparto un suceso de mi vida cotidiana que habla de confianza y que podría encontrar similitudes con la vida profesional o personal.

Vivo en una colonia privada con caseta de seguridad, acceso más o menos restringido y parques tranquilos. Tengo un hijo de un año. Tanto Mónica – su mamá – como yo somos ciegos. Sebastián sí ve.

El momento en que Sebastián necesita salir y descubrir más el mundo está llegando. Así que me decidí a llevarlo al parque de la colonia yo solo.

Soy sincero, jamás había ido antes al parque de mi colonia. Muchas veces imaginé que iba, pero me sobraban los pretextos & miedos para no ir: niños jugando futbol, el diseño irregular del parque y sus pasillos medio intrincados y asimétricos, que si hace mucho sol cómo encuentro una sombra, que si no doy con la banca, si me pierdo, cómo quedaré ante los colonos si me ven dando palos de  ciego por el parque, que cómo voy a saber si el columpio o el resbaladero están desocupados u ocupados… Miedos, todos miedos traducidos en pretextos.

Hace unas semanas le pedí a un amigo que me llevara al parque y que me lo explicara. Estuvimos ahí por unos 40 minutos. Él me explicó la zona de juegos, los pasillos, las calles que rodean al parque. En general soy rápido para aprenderme un lugar, y si bien no dominé el parque al cien por ciento, sí me sentí capaz de ir con Sebastián y encontrar el columpio y el resbaladero.

Días después puse a Sebastián en su andador en la cochera de mi casa. La tarde estaba fresca y corría un viento agradable. EL ambiente alrededor era muy relajado. Oía niños a lo lejos y balones rebotando. La vecina de enfrente salió con sus niños y me saludó. Se me antojó ir con Sebastián al parque. Pero una cosa es ir con compañía visual a un parque casi desierto que ir solo con Sebastián a un parque donde se oían niños jugando.

Me encontré un pretexto excelente: no sabía dónde estaba mi bastón, el único que tenía a mano era el de Mónica, el cual me va pequeño y me hace sentir inseguro. Claro, ante el miedo los pretextos surgen solos y pasada una media hora entré a la casa con Sebastián, ciertamente frustrado.

Pero al día siguiente no lo pensé mucho, pues la mayoría de las veces ese es el remedio infalible para superar los miedos. Le puse los tenis a Sebastián, Me lo puse en su mochila, agarré el bastón y nos salimos a la calle.

Llegué al parque sin problema. Encontré el pasillo indicado, Seguir toda la orilla de la derecha, primero un árbol, sí lo encontré; luego una vuelta abrupta a la derecha, sí di con ella aunque me confundí algo. Luego una banca que sí hallé. Ahora era cuestión de seguir la orilla de la derecha hasta el bote de basura que para mi suerte está fijo. DI con él. Había dos rutas. La más larga y más segura era continuar por la misma orilla, encontrar la banca rota, luego una salida del parque, luego otra salida y ahí voltear totalmente a la izquierda y dar con el columpio para bebés. Pero tomé la segunda ruta, la más corta pero con menos referencias. Del bote de basura doblé totalmente a la izquierda, tenía que encontrar un resbaladero el cuál no hallé. Y de repente ahí estaba yo, dando los temidos palos de ciego, sin encontrar el resbaladero.

En la zona de juegos había pocas voces: una mujer y uno o dos niños. Me tranquilicé, el parque estaba casi vacío y mis palos de ciego pasarían relativamente desapercibidos.

La mujer me preguntó en tono amable si podía ayudarme. – “¿El columpio para bebés está libre?”. – Me dijo que sí aunque escuché algo de duda en su voz. – “¿Segura?” – Respondió que sí con más firmeza. Entonces me cruzó por la mente que su titubeo era quizá por ver a un hombre ciego con un bebé en el parque, quizá nunca antes había cruzado palabra con una pareja tan singular. Me tomó del brazo y me llevó hasta el columpio. – “¡Qué bonito bebé! ¿Quieres que te ayude a ponerlo en el columpio?” – Negué con tranquilidad. Y ella se fue a cuidar a sus hijos. – “Si se te ofrece algo aquí estoy”.

Estuve un rato columpiando a Sebastián. Él parecía interesado en el juego de los otros niños. “Calma Sebastián, ese es como el nivel 4, cuando te tenga que ayudar a interactuar con otros niños. ¡Vamos en el paso uno, venir solos al parque!”

La mujer comenzó a hacerme conversación. Comentamos en qué calles vivimos, la tranquilidad de ese parque, las ventajas de ir entre 6:30 y 7:00 pm, que si a las 8:00 pm o 9:00 pm el parque está bien lleno pero que a esa hora los niños ya tienen que estarse acostando, que si Sebastián está en guardería… – “Burbujas”, – balbuceó la niña y ellos se alejaron un poco a una orilla del parque a jugar con burbujas. Sebastián parecía más interesado en eso y comenzó a llorar. Yo quise pensar que era de hambre, eran más o menos las 7:15 pm.

Llevé a Sebastián al resbaladero. Con ese sí di yo solo. En la tercera resbalada se le cayó un tenis, un pequeño reto; pero lo encontré, y al estárselo poniendo y sin saber cómo,  salió volando el otro zapato. NO escuché bien dónde cayó pero estaba más lejos. Le puse el tenis en el que estaba trabajando antes. – “pásale el zapato porque no lo va a alcanzar”. – La mujer lo dijo discretamente. – “Señor, aquí está el tenis del bebé”. – “Gracias” – y me tragué el señor, pues supongo que si estoy con un bebé en el parque eso es lo que soy para cualquiera y más para un niño de 8 años.

La familia se acercó de nuevo, la mujer me preguntó si Sebastián lloraba si ella lo cargaba. – “No, creo que es muy sociable”. – “ÉL es Sebastián, salúdalo amor”. – Luego la niña balbuceó si Sebastián podía subirse con ella a una plataforma de juegos. – “¿Me das permiso de subirlo?” – Y llegó el momento más crucial: confiar o no confiar.; es una desconocida, es mi primera vez en el parque, no lo domino, no veo. Pero fue también el momento en el que decido elegir. – “Claro que sí”. – “Se ríe mucho, ni llora, qué padre”. – “Qué padre” – suspiré yo también por dentro.

“Vámonos niños, hay que hacer la cena. Mañana venimos”. – Voltea hacia mí. – “Por aquí nos vemos otro día”. – Ojalá que sea así, la actitud de esta mujer me ayudó mucho en mi primera salida al parque solo con Sebastián, y confiar en ella fue clave. – “Muchas gracias. Y claro que sí, nos vemos otro día por aquí”.

La confianza está ahí si queremos. Los apoyos están ahí si nos atrevemos. La confianza también se elige. ¿Cómo? Actuando en base a una intención positiva para nosotros, identificando nuestros miedos que convertimos en pretextos, actuando sin más y elegir confiar cuando llegue el momento, siempre calculando riesgos evidentes.

 

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Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx

 

 

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