Ciegos enojones

 

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En varias ocasiones la gente me ha comentado que cuando se acercan a una persona ciega en la calle, sea para ayudar o para hacer conversación, sienten que dicha persona está molesta o se enoja durante el transcurso de la interacción. Nuestros amigos normovisuales se quejan de ciegos que responden gruñendo o que gradualmente, a medida que avanza la charla, se engorilan.

No defiendo a los ciegos enojones (yo he sido y a veces sigo siendo parte del iracundo club); pero también promuevo una mentalidad contraria a este enojo. Sin embargo, hoy reflexiono sobre el hecho de que los ciegos podemos tener razones de peso para estar encabronados.

Tengo algunos meses profundizando en el fenómeno de las emociones. Hace unos días, durante un seminario, la Doctora Eve Ekman, mencionaba algunos disparadores universales del enojo, y dos de ellos llamaron mi atención: la sensación de injusticia y la percepción de falta de respeto.

La sensación de injusticia es fácil de entender, creo que todos hemos pasado por ahí; se trata de una situación donde sentimos que algo no está sucediendo como debiera o que alguno de nuestros valores más profundos está siendo sometido. Sobre la falta de respeto, ¿qué le puedo decir? Creo que en múltiples ocasiones hemos sentido que alguien nos arrolla, importándole madre nuestra dignidad.

Usted ha experimentado en carne propia la sensación de injusticia y la falta de respeto o la violación de su dignidad. Por lo tanto, creo que está preparado, al menos teóricamente, para hacer un ejercicio de empatía.

Los factores mencionados de la injusticia y la falta de respeto se multiplican como gremlins cuando hablamos de personas con discapacidad. Déjeme le doy algunos ejemplos.

Creo que la primera injusticia con la que un ciego debe de lidiar es con la de su condición visual inefectiva. Es un hecho que la gran mayoría de los seres humanos tienen la capacidad de ver. Los ciegos vivimos en una sociedad dominada por la percepción visual. Entonces nos invade la sensación de injusticia y nos preguntamos, o cuestionamos a nuestras familias, o al ser divino preferido, interrogantes como: ¿Por qué yo no veo? ¿Por qué yo entre tantos? ¿Por qué esta enfermedad me afectó así? ¿Por qué yo tuve que nacer así?

Esta situación de injusticia es un tema muy gordo en la vida de una persona ciega; hay quienes nunca lo digieren y van caminando por la vida con una actitud casi permanente de auto segregación y desprecio por los “malditos normales”.

En relación a la falta de respeto, Ekman mencionó dos componentes: la no inclusión y el que alguien pisotee nuestra dignidad. La falta de inclusión a todos niveles es el pan de cada día en la vida de un ciego. Piénselo así: por el mero hecho de vivir con una discapacidad visual (situación que por supuesto nadie elegimos), usted se hace acreedor a que los mecanismos de inclusión (participar de forma igualitaria en las actividades de la sociedad) se ven obstaculizados porque usted no ve.

Para ser muy concreto, le doy algunos ejemplos: cuando usted entró a la escuela, quizá las condicionantes que pudo haber tenido eran el dinero (si sus papás podían pagar las colegiaturas) o sus calificaciones. Si usted quiere buscar un trabajo, tendrá como condicionantes su experiencia laboral, su formación profesional, su perfil, entre otros. Si usted quiere ir al cine, los condicionantes serán que pueda pagar su boleto, que pueda llegar al cine y quizá, ¡que alguien quiera acompañarlo!

Para un niño ciego que quiere entrar a una escuela de niños videntes (que ven el  futuro) obviamente la condicionante es que el chamaco ciego no puede ver su bola de cristal. Si no entendió la broma, empiezo el párrafo de nuevo.

Para un niño ciego que quiere estudiar en una escuela “regular”, la primera condicionante es su ceguera; si tiene dinero o no, o si tiene cerebro de teflón, pasa a segundo término. Y entonces uno recibe pretextos como: “nuestros maestros no saben braille (como si se usara todavía), no contamos con maestros de educación especial, no contamos con el material adaptado, hay muchas escaleras y obstáculos en la escuela”. O el pretexto ambiguo pero clásico por excelencia y que mata todas las aspiraciones: “no estamos preparados para un niño especial”.

Eso es en la escuela, ya podrá imaginarse lo que sucede en una empresa, donde por mas que pregonen con que el talento humano es lo más importante, lo realmente importante son las ganancias. En una empresa la ceguera es el primer, gran y monolítico condicionante. ¿Cómo voy a ganar dinero con un ciego? Y luego llueven los prejuicios: “no pueden usar una computadora, vamos a tener que ir por el a su casa, llevarlo al baño, darle de comer, solo leen en puntitos…”

¿Y qué le puedo contar de ir al cine donde las películas, e incluso llegar a una sala de cine que generalmente está en las entrañas de un centro comercial, son una experiencia tremendamente visual?

Sobre la dignidad, quizá ni siquiera debería de agregar nada, pues con los obstáculos para estudiar, trabajar y relacionarnos es más que suficiente para que uno sienta su dignidad aplastada. Pero no me resisto a darle el ejemplo clásico por excelencia que nos ocurre a los ciegos: todas esas ocasiones en que la gente en vez de dirigirse a nosotros, se dirigen a nuestro acompañante; muy usual que pase en un restaurante donde el mesero, viendo a mi acompañante pero señalándome, pregunta: “¿y él qué va a querer?”

Dolorosamente en ocasiones es la misma familia la que sienta el precedente para pisotear la dignidad de su angelito invidente al coartarle determinadas oportunidades, por ejemplo, no esforzarse para enviarlo a una escuela como a sus hermanos o a otros niños, no dejarlos salir a jugar fuera de casa o a convivir con amigos o con otros niños, o no permitirles hacer determinadas actividades en casa y fuera de ella. La sobreprotección lastima la dignidad.

Créame, es difícil no estar enojado cuando uno vive con una discapacidad visual; mantenernos en equilibrio toma mucho trabajo psicológico. Hasta hoy una de mis posturas principales al respecto de la discapacidad es que, a la par de una preparación escolar regular, es necesario trabajar profundamente en una educación psicológica, mental, emocional y social en nuestro propio beneficio.

Mi filosofía a través de Diálogo en la Oscuridad, es que nuestros facilitadores y guías sean promotores de la empatía, de la equidad social, de la inclusión y que propaguen un mensaje positivo, pero para lograr eso tenemos que ser modelos, y para ser modelos tendríamos que liberarnos del enojo y del resentimiento, y eso toma mucho, muchísimo trabajo personal. Así que, usted disculpe si algún día nos agarra de malas y le gruñimos, no es usted, somos nosotros.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx

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