Y el día llegó

6 septiembre, 2021

Desde que Sebastián nació, comenzó a inquietarme cuándo sería el día en que le importaría mi ceguera.

 

Hoy tiene 4 años y el día llegó.

 

SU mamá y yo ya habíamos tocado el tema con él en diferentes ocasiones. Es curioso el entendimiento que él genera de la discapacidad:  su entendimiento práctico es brillante y su entendimiento cognitivo es confuso.

 

Sebastián cuando quiere que veamos algo que está haciendo, por ejemplo, si se puso una caja de sombrero, dice: “papá, mírame”, y  acto seguido me toma la mano y me la pone donde está su caja-sombrero.

 

En la práctica sabe que con nosotros se dirige de forma distinta.

 

Esa tarde estábamos yéndonos del parque y me dijo: “¡Mira! Esa moto es igual a la de Matías”. Matías es su mejor amigo.

 

“Sí. Pero creo que esa moto es más grande. Va por la calle. ¿Quién la va manejando?”

 

“Una señora y una niña. Ya lo sabes. Las viste”.

 

“No. Recuerda que te pregunto eso porque yo no veo”.

 

Cruzamos la calle y el diálogo siguió.

 

“¿Tú no ves por el coronavirus?”

 

“No es por el coronavirus. Cuando era niño tuve una enfermedad muy fuerte y por eso no veo”.

 

“¿Por qué tuviste una enfermedad?”

 

“Porque todos nos enfermamos. Algunos cuando somos pequeños y otros cuando están grandes”.

 

Hizo una pausa y pensó.

 

“Mañana te voy a llevar con el Doctor para que te dé una pastilla y te cures”.

 

La simpleza de su lógica me conmovió.

 

“Gracias, Chaparro. Pero mis ojos no se pueden curar”.

 

“¿No se pueden curar? Pero yo quiero que veas”.

 

Y ese fue – hasta hoy – uno de los momentos en que más se me ha arrugado el corazón durante nuestra vida en común.

 

Es cierto que uno quisiera hacer todo por sus hijos. Volver a ver no es un tema en el cual piense. Pero en ese instante, claro que me hubiera encantado ver otra vez, solo por él.

 

“Pero eso no va a pasar, Sebastián. Yo nunca voy a ver”.

 

“¿Pero yo sí veo? ¿Por qué yo sí veo?”

 

“Porque tú nunca te has enfermado de tus ojos”.

 

“¿A veces no te curas?”

 

“Así es. Hay enfermedades que no se curan”.

 

“¿Por qué?”

 

¿Y cómo explicas eso que ni siquiera los adultos entendemos?

 

Pero antes de encontrar la respuesta, Sebastián solucionó todo:

 

“¿Podemos cenar arriba?”

 

Y esa es la magia de los niños: entran y salen en temas complejos con tremenda facilidad.

 

Y ahora nació mi segunda inquietud: ¿cuándo va a perder Sebastián esa magia de la simpleza?

 

Todos la perdemos.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx