Vértigo

Esa fue la sensación que me invadió hace unos días, pude identificarla: vértigo.

¿A qué le teme usted? Yo tengo miedo a volar en avión (supongo que a volar sobre cualquier otro objeto también, aunque nunca lo he intentado). También le tengo miedo a las carreteras sinuosas, generalmente caminos de montañas repletos de curvas.

Pero vamos más allá. Nadie en su sano juicio (como espero ser yo) le puede temer a un avión o a una carretera con curvas. El miedo está en lo que yo interpreto de ese avión o de esa carretera, en mi caso, a la percepción de falta de control en tales situaciones.

Yo no soy el piloto del avión, así que no sé si todo está bien a pesar de que el armatoste ese se vaya sacudiendo como juego de feria a 10 kilómetros del piso. Tampoco soy el conductor del coche que transita por la carretera de montaña y desconozco si voy a una distancia prudente de abismos y barrancos.

Este vértigo que me invadió resultó de una conversación de what’s app que tuve con la directora de una ABP regiomontana que se ocupa de la inclusión laboral de personas con discapacidad en Nuevo León.

Ella me contó que en el 2016 lograron encontrar trabajo para 2 personas con discapacidad visual. ¡2! ¡Dos! Me dijo que de toda la gente con discapacidad que tienen en su base de datos (discapacidad motriz, intelectual, auditiva, psicosocial y visual) aquellos que encuentran menor acomodo en un trabajo son los ciegos.

Tácheme de lo que guste, de mamón si quiere, y allá usted si suele evitar sus pensamientos más oscuros, pero yo les di rienda suelta y pensé: ¿por qué los ciegos hasta el final de la fila de la gente empleada si somos tan normales? La mayoría tenemos nuestras capacidades cognitivas intactas, caminamos con normalidad y aunque muchos lo duden hasta subimos escaleras, usamos la computadora y los celulares, tenemos habilidades aceptables de comunicación, entre otras monerías.

Pero el hecho de que yo me sienta tan “normal” no quiere decir que los demás me perciban igual. El ser humano tiene un apego irremediable por sus sentidos, canales para conocer su mundo, pero siente un amor apasionado y lujurioso por la vista, así que aquel que carece de ella queda desterrado del romance. Y si escarbamos para buscar la razón del alto desempleo entre los ciegos incluso dentro de la casilla de la discapacidad, encontramos que buena parte de la gente con discapacidad visual es terrible en el uso de las habilidades sociales y la regulación emocional, pero de eso hablamos otro día, pues me estoy desviando.

¿Cuánta gente sin discapacidad habrá encontrado un empleo en nuestra zona urbana en el 2016? Miles, sin duda. La directora que le mencioné me compartió que en el mismo año ellos lograron encontrar trabajo para casi 50 personas de todas las discapacidades; un número ridículo si lo comparamos con la población sin discapacidad aparente. No obstante, insisto, ¡entre ese medio centenar iban únicamente 2 ciegos!

Además, la gran mayoría de esos trabajos para la gente con discapacidad, si bien todo trabajo es digno, para el actual mundo materialista se trata de empleos de poca monta, prescindibles y mal pagados. ¿La razón? Alguien cree que no tenemos las capacidades suficientes para otros puestos. Ahí es donde los eufemismos de “capacidades diferentes”, “capacidades especiales” y jaladas similares se disuelven en la realidad. Tan pocos y tan mediocres trabajos, y nosotros tan lúcidos y tan ambiciosos como usted. Igual queremos una casa, un coche, el mejor celular, la mejor comida, salud, la estabilidad…

No pude evitar pensar en mí, en lo que he logrado, en lo que tengo y en lo que he tenido; en mis oportunidades, en lo que soy. No pude evitar pensar en mi estabilidad económica que ha durado unos 10 años, en las comodidades de mi hogar, en mis pasatiempos, en mi matrimonio, en mis cursos y en mi hijo que está en camino. No pude evitar pensar en lo afortunado que he sido hasta hoy.

Y de pronto me percibí flotando a 10 kilómetros del suelo, pendiendo de un hilo y a merced de los elementos. Sentí miedo, esa falta de control. Vértigo. La sensación de que vendría un viento afilado y rompería ese hilo. Entonces yo caería, perdiendo lo que he construido, uniéndome a esa gente, al final de la fila de los desempleados con discapacidad, adhiriéndome a los ciegos, los últimos de la gente con discapacidad en encontrar un trabajo, con el deseo y la consciencia alerta, pero carentes del sentido que más fascinación provoca.

¿Y de qué se trata entonces? ¿De aferrarnos a lo que tenemos? ¿De no desaprovechar las oportunidades? ¿De no equivocarnos? ¿De provocar admiración? ¿Lástima? ¿Se trata de decir chistes idiotas para burlarnos de nuestra discapacidad? ¿Se trata de adormecer nuestra consciencia para no ambicionar igual que los demás?

Se trata de todo y de nada. El hecho es que sí sentí vértigo, una sensación descomunal de terror. Y hoy ya crucé ese paraje oscuro de mis emociones, aunque seguramente volveré a pasar por ahí, cuando vuelva a encarar la realidad de la miseria laboral para la gente con discapacidad, cuando nazca mi hijo, cuando pierda mi trabajo, cuando entre en otra conversación similar…

Hoy para mí ser ciego se trata de dominar el vértigo. Es el arte de mantenerme en equilibrio sobre un hilo a 10 kilómetros del suelo.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx