Tiembla

Hay una anécdota muy famosa en la vida de Diálogo en la Oscuridad Monterrey que con frecuencia contamos. Hace un par de años, en un taller de integración en la oscuridad, la gerente de una empresa comentó durante el cierre en la luz: “es muy padre, porque en la oscuridad todos somos iguales”.

Ante su comentario yo pregunté: “¿Y en la luz?”

Esta situación encierra una complejidad humana muy profunda. La respuesta simple sería que en la luz también somos iguales.

La respuesta compleja – y lo que practicamos a diario – es que no, en la luz no somos iguales. En la vida diaria operan una serie de prejuicios, manías, obsesiones, distorsiones mentales y conductuales, preocupaciones, miedos, falsas certezas y otros mecanismos que nos impiden convivir como iguales.

Los terremotos de hace unos días activaron lo peor de la minoría y lo mejor de la mayoría de la gente. Es esperanzador ver la ayuda que se le ha proporcionado a buena parte de los afectados: gente que dio en especie, otros que aportaron dinero, algunos ofrecieron su tiempo y su persona.

Este es otro de esos “moméntums” que nos ofrecen una gran oportunidad de transformación. He leído y escuchado lo maravilloso que es el pueblo mexicano para unirse en la desgracia, que la solidaridad y la cooperación brotan a chorros, que ni un terremoto nos tumba, que ante la adversidad sacamos la mejor versión de México… Y ojalá no me malinterprete, porque lo que acabo de mencionar es tan cierto como loable. NO obstante, creo que con mucha frecuencia olvidamos que todos los días tiembla, en nuestra vida y en la vida de toda la gente que nos rodea.

NO terminamos por digerir y asimilar que todos vivimos permanentemente parados al filo del abismo. Y no soy catastrofista, así ha sido siempre y así seguirá siendo; es la naturaleza de la vida.

Le doy ejemplos. ¿Sabía usted que el 80% de la gente con discapacidad adquirió su discapacidad? Es decir, no nacieron con una discapacidad, sino que una enfermedad o un accidente se las causó. Todos vivimos al borde del vacío: el desempleo, la crisis financiera, las deudas, Trump, Maduro, el loco Norcoreano, EPN, la guerra nuclear, los violadores, los asesinos, las balaceras en la calle, los secuestros, los políticos, el cáncer, la diabetes, la obesidad, los accidentes de coche, los avionazos, los huracanes, los terremotos y ahora hasta los apagones y las selfies.

Sin embargo todos elegimos escudarnos de esta realidad con falsas certezas: mi puesto en el trabajo, mis ahorros, mis cuentas bancarias, mi coche, mi celular, mi salud, mi estatus, etc. Todo ello precario, todo ello con fecha de caducidad.

Hay más incertidumbre que certezas en esta vida, pero avanzamos haciéndonos los ciegos, con amnesia olvidando el pasado, viviendo como inmortales, como si nunca fuéramos a perder paso y caer por el vacío.

Regresando a la anécdota con la que inicié este texto, ¿En serio solo por apagar el interruptor de la luz nos volvemos iguales? Nuestra capacidad de asimilación es tan pobre que sí, que a muchos tiene que hermanarnos la tragedia para volvernos iguales.

En los talleres de Diálogo en la Oscuridad con frecuencia me niego a tocar el tema ceguera, porque eso nos retiene en la superficie de la experiencia; equivaldría a unirnos en la catástrofe. En cambio, le pido a la gente que piensen dónde está la oscuridad en su vida. Porque todos transitamos por oscuridades y cegueras. Todos vivimos terremotos y derrumbes. Todos, a todas horas.

Esto no es catastrofista, esto es la realidad pura y palpable. Y se lo digo no para que le importe madre el mundo y lo aviente por la ventana, sino para invitarlo a asimilar este momento y que esa solidaridad, esa cooperación, ese “ser iguales” sea nuestro actuar diario, pues recuerde, nos guste o no, tiembla en la vida de todos, todos los días.

Lo sentencio a que si usted no aprovecha este momento, a media noche se le aparezca el Perro Bermúdez gritándole: ¡la tenía, era suya y la dejó ir!

Pepe Macías