Relaciones capacitantes y discapacitantes

 

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Cuando estaba en la universidad estudiando traducción llevé la materia de fonética. En esta asignatura, la fonética se aprende a través de símbolos fonéticos, los cuales son visuales, por supuesto, y a los cuales yo no tenía fácil acceso por ser ciego.

Mi maestro en ese entonces, un tipo particular al que le apodábamos el rapero (creo que por su forma estrafalaria de adornarse), me dijo directamente, que él no estaba dispuesto a enseñarme la fonética, ya que yo no podía ver los símbolos, y me dejó muy claro que la universidad no le pagaba para darle clases a un alumno ciego, así que me dijo que me las arreglara como pudiera.

No pasó mucho. Reprobé a la chingada. Ya en terceras recurrí a otro maestro que daba la materia, quien me aceptó en sus clases y además, dos veces por semana me recibía en su oficina, donde yo me llevaba los símbolos fonéticos resaltados con la milenaria técnica didáctica del resistol blanco, y así, con clases personalizadas, logré aprobar y aprender algo de la fonética.

Hace unos días participé de un panel organizado por el proyecto MUSE, en el Tecnológico de Monterrey, y el tema eran las relaciones de amor y amistad en la gente con discapacidad. Se tocaron varios tópicos interesantes, como la sexualidad. Pero yo me quedé sin compartir una hipótesis que aquí lanzo y que ilustro con la anécdota que le acabo de contar.

EL tipo de relaciones que la gente con discapacidad construimos con las personas a nuestro alrededor, pueden aumentar nuestra discapacidad o pueden diluir la misma.

Ya vio usted. En el caso del “rapero”, tuvimos una mala relación; él no quería darle clases a un alumno ciego y a mí me importó madres y no hice nada al respecto. Reprobé la materia porque yo no podía ver los dichosos símbolos fonéticos. En el segundo caso, busqué a un maestro más flexible, él adaptó sus clases a mí, construimos una mejor relación y el resultado fue que aprobé.

No lo tome literal, no quiere decir que en el segundo caso mi ceguera disminuyó y vi poquito y entonces logré observar los símbolos; mi maestro era buena persona, incluyente, pero no milagroso. En ambos casos yo permanecí más ciego que un topo, pero en el segundo caso construimos una relación adaptativa, y puedo decir que mi ceguera se amortiguó y encontramos otra forma de acceder a los símbolos fonéticos.

Durante el pánel, cuando tocamos la amistad para la gente con discapacidad, mencioné un ejemplo ficticio para ilustrar mi hipótesis. Si usted me conoce, y nos volvemos amigos, y un día se le ocurre la idea de invitarme al cine, hay dos posibilidades. La primera, que piense que un ciego no disfruta del cine, y que mejor se guarde su idea en la neurona más secreta de su cerebro, o que importándole un carajo si un ciego disfruta o no del cine, solo me invite.

Mismo caso. En el primer pensamiento, tenemos una relación algo maladaptativa, donde usted me juzga incapaz de disfrutar del cine – sin indagarlo directamente conmigo; le dio más atribuciones a mi ceguera de las que quizá tiene. En el segundo caso, se olvida de mi ceguera y se enfoca más en el hecho de la convivencia, y quizá con algo de descripción, usted sofoque los efectos de la discapacidad visual y logre que yo también disfrute del cine.

EN fin, ahí le dejo la idea. Y aguas, porque no solo aplica para gente con discapacidad. En este momento, pregúntese cuáles de sus relaciones capacitan a la gente que lo rodea, y a quiénes está usted discapacitando con sus comportamientos.

Pepe Macías

Relaciones capacitantes y discapacitantes