Qué podemos dar

“Si eres una persona con talento, no significa que hayas recibido algo. Quiere decir que puedes dar algo.”
– Carl Jung

En el último mes hice contacto con dos chicas ciegas de Monterrey. A ninguna la conozco en persona. Una la leí en un chat y con la otra hablé por teléfono. Tocamos temas varios por breves minutos; en una de ellas oí mucho sufrimiento por no encontrar trabajo, incluso decía que aquellos ciegos que tienen un trabajo es resultado de su elevada condición socioeconómica. Y bueno, aclaro que la falta de trabajo para gente ciega es real y un tema muy invisible para la gran masa de la sociedad. NO discuto tampoco el sufrimiento que la falta de trabajo ocasiona. Pero lo que escuché en estas chicas fue esa conversación vieja y que no nos lleva a ninguna parte, donde se culpa a otros, donde se dice “el rico sí pero yo que soy jodido no”. Esa conversación donde el resentimiento sale a flote y se menciona que los que han sobresalido de alguna forma es porque ellos tuvieron las oportunidades que los afectados no.

¿Se fija? NO son conversaciones tan distintas a las que seguramente usted ha escuchado entre sus conocidos o amistades. Y es que los ciegos y los no ciegos no somos tan diferentes. Somos humanos que pueden ver y otros humanos a los que no nos funcionan los ojos, pero todo lo demás, lo bueno y lo malo nos funciona igualito.

En fin. Que hoy el paradigma tiene que cambiar. Se convierte en “qué podemos dar”. Es una pregunta. ¿Qué podemos dar? Y es una pregunta que yo me hago en el contexto de mi trabajo con Diálogo en la Oscuridad Monterrey. Es una pregunta que también le hago y le seguiré haciendo a mi equipo.

Y es una pregunta que surge desde mi postura como persona ciega. Porque la gente ciega desde siglos estamos acostumbrados a recibir. Se nos educa más bien para estirar la mano y pedir, y en buena medida hemos recibido cosas que nos han dañado a todos como sociedad: piedad, lástima, caridad, condescendencia, limosnas, monedas, admiración irracional, arrobamientos efímeros, etc.

Mi idea es que llegó nuestro tiempo para dar. Hay muchas voces que salen de los sectores marginalizados y que claman por inclusión, por abrazar la diversidad. YO concuerdo con esas voces. Pero la humanidad está parada en una cuerda floja, por un lado muestra pequeños signos de madurez que nos hacen estar esperanzados en alcanzar sociedades más igualitarias, por otro lado, está al borde de irse a la mierda. EN cualquiera de los casos, esas voces marginales no deberíamos pedir: “cambien, denme, hagan”. Deberíamos en cambio analizar: “¿Qué damos? ¿Cómo aportamos valor? ¿Cómo hacernos parte de?”

Nuestro ritmo de vida cambia y se mueve vertiginosamente, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Lo que ayer era hoy ya no es y el mundo parece más que nunca dominado por la incertidumbre. Pregúnteselo usted, y quizá encontrará que su vida personal, profesional y económica es hoy más incierta que lo que fue la de sus padres, por ejemplo.

Y metidos todos en esta licuadora donde baten nuestra realidad a cada rato, creo que vale la pena voltearnos a ver y preguntarnos qué podemos aprender de esos que, en una sociedad más estática como lo era hace algunos años, eran los que históricamente han nadado a contracorriente, los “diferentes” o hasta los marginalizados. Y nosotros que tradicionalmente hemos estado en ese lado algo olvidado, debemos preguntarnos: ¿qué he aprendido de mi circunstancia de vida? ¿Qué he desarrollado y que puedo enseñárselo a otros en su beneficio? ¿Qué me ha enseñado mi ceguera?

Un ciego podría tener muchos aprendizajes para  compartir: capacidad para confiar, fortaleza para ser resiliente, habilidad para escuchar, la virtud de la paciencia, el poder que da la vulnerabilidad, etc.

¿Difícil? Sí, a casi todos nos educaron para ver nuestras insuficiencias, incluso a usted aunque no tenga discapacidad. Aún peor si tiene alguna discapacidad, pues seguramente le inyectaron las neuronas con lástima por sí mismo. Pero no queda otra mas que aprender a ver nuestros talentos y preguntarnos qué podemos dar. No queda otra que seguir nadando a contracorriente, pero ahora somos más los que nadamos en aguas revueltas, y eso de alguna forma aumenta la solidaridad.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx