La habilidad que puede salvar el siglo XXI

Es probable que estemos viviendo la época con mayores privilegios y comodidades en la historia de la humanidad. Para muestra, veamos el tema de las vacunas. Hasta hoy, la vacuna que se ha desarrollado más rápidamente ha sido la vacuna para las paperas, Mumpsvax; tomó casi 5 años desarrollarla y comercializarla. Hoy, a un año del paciente 0 de Covid-19, parece que estamos cerca de dar con la primera vacuna para el coronavirus.

Es un hecho que el ser humano ha sido capaz de transformar radicalmente su entorno para alcanzar más y más privilegios; y todos, en cierta medida, nos hemos beneficiado de ello. Pero no es hora de bajar la guardia ni de vanagloriarnos por lo logrado, no podemos dejarnos arrastrar por un sesgo positivo.

A la par de un cierto estado de bienestar del que goza una buena parte de la población, es evidente que el siglo XXI nos está planteando grandes amenazas para la estabilidad de las sociedades; la más tangible hoy en día es la pandemia, pero de ninguna forma es la única. La lista puede continuar con temas tales como el cambio climático, la deforestación, el extremismo religioso, la desigualdad económica, la crisis alimentaria, la escasés de agua, otras enfermedades, el crimen organizado, la influencia creciente de las redes sociales y las fake news, el espionaje, el racismo, la polarización, la automatización de los trabajos … por mencionar algunas.

En medio de tantas amenazas, me atrevo a afirmar que la habilidad que nos puede poner a salvo es la inclusión. Podría parecerte extraño, pues mucha gente, cuando escucha la palabra inclusión, piensa en personas con discapacidad, personas de color, indígenas y hasta en mujeres. Nada más alejado de la realidad.

Lo primero que tendríamos que entender es que tanto la inclusión como la exclusión son sensaciones que nos han acompañado a todos desde que el humano es humano. Al sentirnos parte de un grupo o de algo más grande, nos sentimos incluidos; al sentirnos relegados y sin sentimiento de pertenencia, experimentamos la exclusión.

Lo segundo a considerar es que hoy en día la inclusión nos concierne a casi todos. Si consideramos que una persona experimenta inclusión cuando goza de ciertas ventajas, y que experimenta exclusión cuando carece de ellas, basta con examinar en calma todas las amenazas que mencioné antes y que podrían ponernos a cualquiera de nosotros en una situación desventajosa.

Finalmente, es necesario darnos cuenta de que todos podemos estar un día en el lado de los grupos en desventaja. Por ejemplo, se calcula que el 80 por ciento de las discapacidades están causadas por accidentes o enfermedades; un día nuestro trabajo lo podría realizar una máquina y quedamos obsoletos; si mi alimentación se la delegué a las grandes organizaciones de comidas procesadas, seguramente ya soy víctima de la crisis alimentaria y seguramente voy a enfermar; puede que un día alguien me señale en una red social y quedar estigmatizado. Todos, todos podemos estar un día en grupos en posición de desventaja.

¿Qué amenazan todas estas situaciones externas? Amenazan nuestra vida de forma global; amenaza nuestra salud y nuestra estabilidad mental. La pandemia, las enfermedades, una alimentación deficiente o el crimen amenazan nuestra salud. El acoso en redes sociales, la polarización, el racismo o la pérdida de empleos amenazan nuestra estabilidad mental.

Y puede que aún te estés preguntando: ¿de verdad todo esto me afecta a mí?

Te comparto tres condiciones que nos demuestran esto: estamos interconectados, somos más visibles que nunca y vivimos acinados.

El internet y la gran capacidad de transportación permiten una interconexión como nunca antes había ocurrido. Lo que tú haces o no haces, impacta al otro lado del mundo. Lo que alguien hace o no hace en el otro lado del mundo, te impacta a ti. El Black Lives Matters que empezó en EEUU tuvo repercusiones y réplicas a través de protestas similares asociadas en países como México, Colombia, Chile, etc. Si pudieras repasar los lugares donde fueron producidos los objetos que usas a diario o la comida que consumes, te darías cuenta de que muchos países y miles de personas en el mundo forman parte de la cadena de producción que maquila los bienes que todos consumimos a diario.

Otro gran ejemplo de hoy en día es la pandemia. El virus cubrió casi todo el mundo a gran velocidad, debido a nuestra gran capacidad de movilidad e interconexión: miles de vuelos en todo el mundo cada día, gente yendo de un país al otro, barcos y camiones trasladando mercancías, y con ellos también el virus.

Hoy en día contamos con un gran poder para transmitir de forma inmediata y de polo a polo del mundo tangibles e intangibles de alto impacto: podemos transmitir tecnologías, maquinarias, productos y bienes, pero también podemos transmitir ideologías, inconformidades, movimientos, mentalidades y cambios culturales. Todos ellos con el poder tácito de activar un cambio explosivo de consecuencias impredecibles.

Además de que estamos interconectados, hoy somos más visibles que nunca, lo cual es el gran poder conductor que potencia la interconectividad. Las redes sociales son las plataformas de visibilidad por exelencia. SI hoy tú grabas un video de una injusticia, o un video para quejarte de algo, o etiquetas a una marca acusándola de algo, te vuelves viral y visible. Gente que antes no tenía voz, hoy la tiene. Esto tiene efectos positivos y efectos negativos.

El ejemplo clásico de nuestros días son los casos de maestros o alumnos que desde sus clases en zoom, se han vuelto virales y parte del debate social. Debido a la alta visibilidad, hay gente que sale muy perjudicada de forma injusta, y hay otros que encuentran eco a sus demandas y solución a sus situaciones de injusticia.

Hoy vivimos en vitrinas, expuestos por igual a la crítica o a la adulación social. Las redes sociales se convirtieron en extensiones visibles y medibles de nuestra actividad subconsciente y de nuestros pensamientos más íntimos. Aquello que casi siempre permanecía dormido en nuestro fuero interno – compulsiones, obsesiones, prejuicios u opiniones que nos daba vergüenza expresar – hoy emergen y causan oleadas de reacciones, discusiones y confrontaciones en las redes sociales.

Por si esto fuera poco, está el tema del hacinamiento. tanto nuestras ciudades como las redes sociales están súper pobladas. Hoy el mundo es como una casa muy pequeña donde habita una familia numerosa; la casa es tan pequeña y sus habitantes están tan interconectados y visibles que si tenemos a dos hermanos peleando en un rincón, es posible que esa pelea se replique en el otro rincón de la casa, o que si un inquilino ronca durante la noche, haya quien quiera expulsarlo del hogar por perturbar el descanso de los demás, o quien en un ejercicio de tolerancia, aprenda a descansar entre los ruidos de los durmientes.

Estamos tan interconectados y visibles que hoy cualquier roce provoca fricción, y esas fricciones nos causan incomodidad, ardor o hasta dolor. Ser incluyentes implica aprender a lidiar de una forma distinta con esas fricciones, se trata de cultivar formas más flexibles y compasivas, y que en lugar de causarnos ardores o dolores, podamos convertirlas en sensaciones un poco más agradables como una cosquilla, e idealmente que esas fricciones se conviertan en caricias que nos hagan sentir seguros y protegidos por nuestras comunidades.

Hemos construido mucho a lo largo de miles de años como especie; hemos ganado innumerables batallas, y hoy estamos en condiciones de repartir ese botín y cuidar de todos. Pero después de la cima más alta irremediablemente viene un declive. Y sea que hayamos conquistado ya la máxima cima como humanidad y vayamos a comenzar el descenso, o que vengan cumbres más complejas de escalar, creo que es tiempo de hacerlo juntos, protegiéndonos, cobijándonos con el sentido de la inclusión, porque en el grupo donde hasta el más débil prevalece, prevalecen todos.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx