Gratis

Le cuento un par de anécdotas sobre dineros y discapacidades.

La primera nos sucede casi en cada cena en total oscuridad que vendemos, cuando una persona interesada nos pregunta: “¿y el dinero va a alguna causa?”

Sí, claro, ¡a la causa de nuestros bolsillos! Es como si yo le llamara al patrón de la persona que preguntó y le cuestionara: “señor, el sueldo que recibe esta persona, ¿va a alguna buena causa?”

EN la mayor parte de los casos sí que va a una buena causa: a pagar sus servicios, su comida, su transportación, a pagar colegiaturas, su ropa, su entretenimiento, quizá a ahorrar, quizá a unas vacaciones… yo qué sé.

Entiendo de dónde viene esta pregunta. Sale de la perniciosa cultura de caridad que hemos desarrollado, donde si en un evento hay gente con discapacidad, y encima se cobra por dicho evento, el dinero deberá de ir a alguna beneficencia, incluso quizá hasta me den un recibo de donativo que pueda deducir de impuestos.

¿No le parece curioso que el dinero que recibe una organización de gente con discapacidad tiene que llamársele beneficencia mientras que el dinero que recibe usted sin discapacidad se llama sueldo? Al dinero que hace una asociación no se le puede llamar lucro, porque se supone que sus causas están más allá de la vulgar ganancia, en un estrato noble y generoso, y por ello no se le etiqueta como lucro o como ganancia. Pura doble moral económica y eufemismos que condenan, en este caso al trabajo de la gente con discapacidad, a un nicho casi divino donde se ve mal cobrar.

La segunda anécdota nos sucedió cuando recibimos una pregunta en la publicidad pagada de Facebook para los talleres de Diálogo en la Oscuridad: “¿los talleres tienen costo?”

Con respeto de la persona que nos preguntó, pero el cuestionamiento causó una gran oleada de hilaridad entre el equipo: ¡Claro que no, los ciegos no necesitan dinero! ¡Para nada, a los ciegos nos condonan el pago de los servicios! ¡Nunca, si los ciegos ni comemos! ¡Cochino dinero, los ciegos vivimos de empatía, inclusión y prana!

Al margen del sarcasmo, desde hace unos años existe otra práctica perniciosa que da origen a este tipo de preguntas y la cual consiste en invitar personas con discapacidad a una empresa, a una escuela o a alguna organización para que dicha persona dé, lo que se le denomina, su testimonio de vida o la tan manoseada plática de sensibilización.

Se esgrimen argumentos loables: sensibilizar a los empleados o a los niños, aumentar la empatía y el entendimiento hacia la discapacidad, el respeto, la tolerancia, la inclusión…

Y hay de testimonios a testimonios, de pláticas a pláticas. Hay gente con discapacidad que se ha preparado a través de capacitación, a través de horas de trabajo para diseñar su contenido, y a través de excavar profundo en su realidad como persona con discapacidad. Están también los improvisados que solo quieren un poco de atención y a los cuales ni yo les pagaría, pero tampoco aceptaría su servicio gratuito.

En lo personal yo no comulgo con ofrecer pláticas gratuitas. Creo que esta práctica refuerza el paradigma que cree que las personas con discapacidad no requerimos de un ingreso, y que hay alguien detrás, quizá la familia o el gobierno, que nos mantiene. Para muchos de nosotros no es así, algunos somos el sostén de una familia, otros aportan dinero a sus casas, y ultimadamente, aunque el dinero sea para ponerle datos a su celular y gastárselos en YouTube, es la libertad de cada uno para ganar dinero, y sobre todo, la libertad de contar con la dignidad para trabajar y ganárselo.

Sigan regalando su trabajo y su tiempo, y la gente se seguirá acordando de ustedes solo el 3 de diciembre o cuando quieran “sensibilizarse”, con miles de comillas. El cambio empieza por nosotros. Nuestro tiempo vale. Nuestro trabajo vale.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx