El regalo de la libertad

Estaba sentado en el comedor de esta casa de retiros cuando me invadió una profunda frustración. Compartía la mesa con compañeros de curso que yo no conocía y la noche anterior había sido terrible, de mal dormir y sin descanso. Había pasado toda la mañana adormilado y lo único que quería hacer, era irme a tomar una siesta.

NO sabía a dónde tenía que ir a dejar mi charola. Tampoco sabía bien a bien cómo evadir los obstáculos para llegar hasta la puerta. Y lo peor, no sabía bien el camino hasta mi habitación. YO ya no quería más sobremesa, lo único que anhelaba era pararme e irme a dormir.

Entonces un hombre se sentó a mi lado con su charola y comenzó a hacer conversación. Mi frustración escaló, pues no deseaba más charla. De pronto me preguntó si podía apoyarme en algo; mencionó que podía imaginarse que un lugar como este era complicado para una persona ciega. Yo le pedí una clase exprés de orientación y movilidad, es decir, si podía salir conmigo y explicarme un poco el terreno. SI conseguía aprender cómo moverme entre mi habitación, el comedor y la sala de clases, estaría del otro lado.

Me resulta complicado llegar a un lugar nuevo, sobre todo si son este tipo de espacios abiertos tipo haciendas, con grandes espacios al aire libre y jardines. El asunto se sigue complicando si en ese lugar no conozco a nadie. La sensación que me invade, al contrario que quizá suceda con alguien que ve,  es una sensación de falta de libertad. Nunca falta quién me apoye, pero cuando alguien me apoya siempre, me siento dependiente.

Pero regresemos al comedor donde este hombre me ofreció su ayuda. Antes de salir, aún en la mesa, Ramiro hizo un ejercicio interesante. Tomó su celular y otros objetos, y comenzó a dibujarme un mapa del terreno, explicándome dónde estaban las áreas principales del lugar. Después salimos y me enseñó los recorridos que necesitaba aprenderme. En ocasiones se detenía a pensar, porque en realidad estaba haciendo un esfuerzo por buscar la forma adecuada de explicarle la movilidad a un ciego. Casi podía escuchar sus neuronas chirriando, cambiando su configuración para mover su perspectiva de una visual a una perspectiva no visual.

Sucede con  mucha frecuencia que la gente que ve, nos quiere enseñar a desplazarnos por un lugar, siguiendo sus mismos patrones visuales, o enseñándonos caminos o rutas que a la vista son simples, pero que sin vista son confusos y carentes de referencias.

A este respecto, la gente ciega preferimos, sobre todo en un inicio, buscar referencias táctiles como paredes, banquetas, orillas de jardines, y objetos que puedan servirnos como puntos igualmente de referencia, como bancas, botes de basura, escalones, declives e incluso sonidos particulares.

El camino a mi habitación no era tan complicado. Lo complejo estaba en que, al seguir la orilla de un gran jardín, no había referencia alguna para dar la vuelta en determinado lugar y encaminarme directamente a la puerta de mi habitación. Ramiro me sorprendió, pues dio con una ruta bastante táctil. Es por su puesto una ruta que no utiliza la gente que ve, pero que para una persona ciega funciona a las mil  maravillas, pues el camino discurre al lado de un pequeño canal de desagüe que pude seguir con el bastón, topa en una pared, la cual me limité a seguir, y al pasar el primer árbol, solo tuve que cruzar tres metros hacia la pared de enfrente, seguirla hacia la izquierda y encontrar la primera puerta, que era la de mi cuarto.

El mejor regalo que alguien puede hacerte, si eres ciego, es intentar moverse a tu perspectiva y enseñarte cómo moverte y desplazarte por un lugar, esa es la verdadera libertad, y no guiarte cada vez que lo requieras y perpetuar la dependencia.

 

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Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx

 

El regalo de la libertad