El “negocio” de la dependencia

Estaba leyendo un artículo proveniente de Bangladesh. EL encabezado, si traduzco, dice: “destaca la importancia de escuchar a la gente con discapacidad y ayudarlos para que sean independientes”. Ahí, durante la inauguración de una feria de empleo para gente con discapacidad, un representante del comité de personas con autismo dijo más o menos esto: “nuestra responsabilidad es escuchar a la gente con discapacidad, entenderlos, y preguntarles si están enfrentando discriminación. Si los escuchamos, entonces nuestro país podrá avanzar.

Genial, perfecto, excelente mensaje, una articulación impecable, una elocución pulcra y noble, las palabras en su conjunto hacen mucho sentido: palmas para el caballero. Palmas para los miles de discursos similares que se pronuncian en la tierra a diario. Pero muy seguramente este en Bangladesh fue un discurso, y sólo un discurso como muchos otros; palabras sin efecto dichas de dientes para afuera y que caerán en el vacío de la inacción.

Hay varias razones para sostener mi pesimista declaración. La primera es que el que sea que emita un discurso como este, por lo general será un político o un oficial que tiene una imagen que cuidar y que por lo tanto se limitará a farfullar un discurso políticamente correcto como este. La segunda razón es que, en caso de que dicho discurso brote de una intención sincera, el contexto no ayuda mucho, es decir, Bangladesh es un país aún más hundido que México, y sin duda alguna, cuando la economía es flaca, la discapacidad no se coloca en los primeros lugares de la fila de los necesitados.

Pero estas dos razones tienen un trasfondo multifactorial que hacen muy complejo cavar y llegar a sus raíces. Hay, no obstante, un tercer factor que vaya que abona a los discursos estériles sobre inclusión de la discapacidad. Se trata del “negocio” de la dependencia.

Entrecomillo la palabra “negocio” debido a que no afirmo que la gente dedicada al ámbito de la discapacidad esté haciendo negocio u obteniendo dinero directamente de tal actividad; habrá quienes sí, desde luego, y muchos otros que no. Sin embargo las ganancias no están únicamente en lo económico. Verá usted.

En este ámbito de la discapacidad hay muchos egos muy grandes, y hay también víctimas y victimarios. Esa señora encopetada que lava su consciencia con buenas obras o ese hombre de negocios que se pone el traje de súper filántropo de vez en vez. Personajes que en realidad ven hacia abajo a la gente con discapacidad, que no buscan su independencia, sino que a través de su filosofía de lástima y asistencialismo, perpetúan la dependencia que los termina alimentando, que les llena el ego y les significa un bálsamo espiritual, esas palabras y esas caritas agradecidas por migajas y limosnas que les hacen sentir bien, unas personas casi celestiales.

La palabra “asistencialismo” me parece horrible, pero en muchas sociedades estos ejemplares dedicados al asistencialismo han perpetuado por años el paradigma pernicioso de catalogar, a través de palabra y acción (más de acción que de palabra) a la gente con discapacidad como merecedores de asistencia, necesitados, inválidos y otras bellezas. Son, según sus palabras, unos defensores de la inclusión, activistas por la igualdad de derechos. Sin embargo sus acciones distan mucho de eso, y no siempre lo hacen a propósito, pues aunque a veces sea difícil de entender, son de miras tan cortas y viven en una burbuja tal que creen a pies juntillas que sus acciones son virtuosas y que cambian la vida de la gente con discapacidad.

Pero la dependencia que alimentan es la única constante. Mejoran la vida de una persona con discapacidad, sí, pero por un tiempo solamente; después esta persona tendrá que regresar a recoger más migajas de bondad y de asistencia de este inmaculado personaje y así se eterniza el círculo de la dependencia: uno se cree el cuento de su incapacidad y de su inferioridad, y se conforma con estirar la mano de vez en cuando para recibir migajas; el otro se queda en su postura de superioridad, viendo hacia abajo, ufanándose por su altruismo, engordando su ego y limpiando su corazón por asistir a los menos favorecidos.

Mi creencia es que ya no hay ni tiempo ni espacio para seguir con este juego idiota; ya no nos podemos permitir más altruistas doble cara de los que abundan ni tampoco gente con discapacidad en su cómodo y lastimero rol de víctima. Hoy ya no hay espacio para esta dependencia perversa. Yo soy ciego y yo no acepto conformarme con las migajas de los nobles corazones, yo quiero ser parte dé, quiero estar y sentirme tan pleno como cualquier otro.

Pero no es únicamente una cuestión de un deseo personal. Hoy en día la vida nos grita que el paradigma debe cambiar. Veamos algunos ejemplos rápidos: hoy la vida ´profesional (seamos empleados o emprendedores) nos exige innovación, flexibilidad, creatividad, adaptación, una visión global, etc. Hoy los verdaderos filántropos están interesados en apoyar gente que impacte favorablemente a su sociedad o a su medio ambiente y abandonaron ya la idea de dar limosnas a cualquiera. Hoy tanto las economías familiares como estatales y nacionales son más frágiles que en el pasado y no pueden costearse la manutención de gente pasiva que no participa económicamente en la sociedad. Hoy un medio ambiente planetario en crisis y con recursos agotados nos marca que necesita de gente que aporte y no de gente que sólo consuma. Hoy las sociedades violentas, intolerantes y radicales que abundan nos gritan que el ser humano requiere de una mayor conexión, colaboración, empatía y conciencia.

En ninguno de estos ejemplos, ni en muchas otras situaciones de emergencia, tienen ya cabida los filántropos doble cara y moralistas de los que he hablado, ni tampoco sus víctimas perfectas, la gente con discapacidad cuyo espíritu prefirió doblarse y conformarse.

En mi opinión, o cambiamos o nos vamos al abismo.

 

Pepe Macías

 

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx