El cuento del caminante ciego

Cuenta la historia sobre un hombre ciego que habitaba un pequeño pueblo alejado de la ciudad. Una noche, este hombre decidió salir a caminar. Tomó  una lámpara, la encendió y salió a las calles oscuras.

El hombre avanzaba paseando por las calles, siempre llevando en alto su luz. En un momento dado, al llegar a una esquina, escuchó unos pasos precipitados y un cuerpo jadeante chocó con él. Después de que ambos se repusieron del impacto, aquel que se estrelló con el hombre ciego lo reconoció y preguntó: ¿Por qué sales a caminar por la calle con una lámpara encendida si tú eres ciego y no la necesitas?

El hombre ciego repuso: si solo pensara en mi propia ceguera sería egoísta; enciendo una luz en medio de la oscuridad pensando en que los demás también puedan orientarse y verme. Pero hoy descubrí que la ceguera no está solo en los ojos, pues los tuyos definitivamente ven bien, y aún así, debido a tu prisa y a tu distracción, hoy chocaste conmigo. ¿Cuál de nosotros fue más ciego esta noche?

Este pequeño cuento me deja dos grandes reflexiones:

1. Cuidar a los otros:

el hombre ciego, a pesar de no necesitarlo, sale a caminar por las calles oscuras llevando una luz consigo, para lograr ser visible a los demás y evitar un accidente. Su reacción egoísta bien podría ser: “como yo no veo, que se las arreglen los demás”.

Esto me recuerda a esa gente ciega que camina sin bastón por algunos lugares públicos como oficinas o parques, acto que de echo es multado en Europa por poner en riesgo innecesario a los otros.

Se trata de cuidar a los otros. Ayer leía un reporte de la ONU que decía que el 26% de la población mundial experimenta algún tipo de hambre o carencia alimenticia. ¡26%! ¡EN pleno siglo XXI! Obviamente no nos hemos ocupado de cuidar a los otros. Muchos de nosotros pedimos comida a través de una aplicación, nos damos el lujo de escoger qué comer, ¡ni siquiera tenemos que movernos para tener comida en la mesa! Tenemos antojos y comida chatarra en el refrigerador, bebidas o alimentos importados; muchos comemos más de lo que necesitamos, e incluso desperdiciamos. ¿Imagínate que hicieras lo mismo mientras una cuarta parte de tu familia tiene problemas para llevar algo a su mesa?

Pero no lo vemos, preferimos salir a caminar sin llevar una luz, pasar desapercibidos, “no es mi problema, que se las arregle el que pasa hambre”. Y el ejemplo queda claro en este tiempo de pandemia, donde la gente no cuida de los otros: salen sin un cubre bocas, hacen filas para entrar a centros comerciales, se agolpan en tiendas o parques, olvidan lavarse las manos… todo derivado de una postura egoísta y auto centrada: “estoy harto y necesito ir al centro comercial a distraerme. Necesito aire fresco y voy al parque. No voy a contagiar a nadie, ni siquiera tengo el virus, ¿para qué el cubre bocas?” A esto le llamo vivir en modo zomby.

2. Vivir en modo zombi

Aquel que se estrella con el hombre ciego en el cuento, a pesar de que este llevaba una luz que lo anunciaba, estaba sin duda en el estado que nombro modo zombi. Este hombre puede ver, sus ojos funcionan perfectamente, y aún así no ve la luz, no ve a su vecino y choca con él. La respuesta es simple: estaba distraído.

La verdadera ceguera no es el funcionamiento deficiente de los ojos ni perdernos de las maravillas visuales del mundo. La verdadera ceguera habita en la mente y en el corazón de aquellos que van distraídos por la vida, inmersos en sus propias historias, olvidándose de cuidar a los demás, caminando con los ojos abiertos pero sin ver nada. Transitando la vida como simples zombis animados por un impulso hueco.

Es un círculo vicioso: aquel que vive en modo zombi no puede ocuparse de los demás. Aquel que no se ocupa de los demás cae en modo zombi tarde o temprano.

¿A cuánta gente has arrollado por vivir la vida en modo zombi?

¿Qué haces para encender tu luz, hacerte visible y ocuparte de los demás?

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx