Dígale invidente, no ciego

Es lo que alguna gente nos reclama a los integrantes de Diálogo en la Oscuridad. Incluso he escuchado que le hacen el mismo reclamo a familiares o amigos que usan “la palabrota” esa.

Recuerdo que una vez que hablé por teléfono a un restaurant, y quería que me identificaran, les dije: “soy el cliente ciego que a veces va con ustedes”. La mujer contestó, algo apenada: “ai, no se diga así oiga”. A lo cual repuse: “pero es lo que soy, además ya me identificó, ¿verdad que sí?

La palabra invidente es un eufemismo. Es como decirle pajarito al pene o bubis a los senos. Nos encanta suavizar el vocabulario para sacarle la vuelta a temas que tememos o nos hacen sentir incómodos.

Entiendo la intención detrás del término “invidente”. Por un lado trata de evitar lastimar a la persona ciega. ¿Pero sabe qué? SI la persona en cuestión se ofende o resulta herida cuando usted usa “la palabrota”, es problema de nuestro amigo carente de vista, pues es un signo inequívoco de negación y falta de aceptación; que con su pan se lo coma.

Por otro lado, utilizar la palabra “invidente”, lo hace sentirse más seguro, que pisa en terreno firme y que no entró al retorcido mundo de las discapacidades y sus terminologías y susceptibilidades. Y no me extraña si rehúye la palabra “ciego” y en cambio usa “invidente”, pues hoy en día vivimos en un entorno hipersensible, que como consecuencia de promover y fomentar el respeto y la inclusión, cae frecuentemente en la exageración y en la alergia lingüística.

A mí mismo me costó denominarme como ciego. Hace unos 12 años, cuando pasé a formar parte de las fuerzas oscuras de Diálogo en la Oscuridad, de pronto escuchaba que mis capacitadores y mis jefes usaban “la palabrota” con soltura y gracia. Cada vez que alguien decía la pecaminosa expresión, francamente sentía un piquete en el occipucio y una inconformidad terrible.

La discapacidad es uno de los tantos tragos extra amargos que podemos probar en la vida, sobre todo cuando la discapacidad es, como dicen, adquirida. Yo me quedé ciego a los 6 años y a mis 24 aún me retumbaba la palabra ciego. YO aún no pasaba el trago amargo, seguía sin digerir la discapacidad y sin aceptarme tal y como era y comprender que mi ceguera pasaba a ser una característica más. Ahora además de ser una persona baja, gordo y aperlado, tenía que entender que era también una persona ciega.

Finalmente y para terminar esta disertación filosófica sobre el tema, lo remito al diccionario. EL  vidente en efecto es la persona que ve, pero también es la persona que ostenta poderes para ver el futuro o ver las cosas ocultas al vulgar ojo ordinario. En nuestra cultura el “vidente” es esta suerte de adivino o brujo, por lo tanto, el “invidente” haría referencia al ordinario ser que carece de las dotes adivinatorias y extrasensoriales. Por lo tanto, le tengo una noticia: a menos de que sea usted madame Sassú, Moni vidente, el brujo mayor o cualquiera de estos personajes, usted también es invidente. ¡Bienvenido al club!

<Dejémonos de eufemismos e hipersensibilidades que meten la basura bajo la alfombra. Encaremos las cosas tal y como son. Aceptemos y asimilemos. Es hora de madurar como sociedad y comunicarnos con responsabilidad. El ciego es el que no ve. EL vidente es el que ve más de lo que le incumbe y cobra por ello. El invidente es el que no ve el futuro. Y usted es un “normovisual”, y no se enoje, pues ese término le tocó.

Pepe Macías
pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx