Darle la contra al destino

Si les pregunta a algunos de mis allegados por mi característica principal, seguramente le dirán que soy “contreras”. He  escuchado esa palabra en muchas ocasiones destinada a mi persona. Y hoy más que nunca, en este tiempo pandémico, creo que es más un elogio que una crítica.

Soy ciego desde los 6 años. No veo nada, ni siquiera oscuridad, y como mi retina está dañada, mi discapacidad visual no tiene solución médica por ahora. En resumen: estoy condenado a la ceguera para toda la vida.

Debido a la mano invisible de la cultura y las creencias sociales, los seres humanos, en gran proporción, terminamos metidos en cajas, debidamente etiquetados y con un destino más o menos trasado. SI naces pobre, la regla general es que te morirás pobre. SI naces adinerado, muy probablemente termines tu vida sin carencias económicas. ¿Qué pasa si naces ciego o adquieres ceguera u otra discapacidad durante tu vida? La regla general es que termines mantenido por tu familia nuclear, con poca educación y con aún menos oportunidades laborales, cobijado por el cariño de tus seres cercanos, pero en evidente exclusión social.

Claro que hay quienes escapan de estas cajas y de estas etiquetas. Hay familias, grupos sociales y personas que desafían el statu quo y forjan destinos distintos. Todos hemos visto ejemplos inspiradores de personas que partieron desde una aparente posición de desventaja y alcanzaron altas cimas del éxito y el reconocimiento. No obstante, no es la regla.

Creo que la gente con discapacidad estamos obligados a desafiar el status quo, siempre y cuando queramos escapar del destino de falta de educación, falta de empleo y falta de autonomía financiera y hasta personal. No obstante, y aquellos de ustedes que lo han intentado sabrán de lo que hablo, no es fácil pintarle un dedo a la norma social y darle la vuelta a la tortilla.

Sería muy ingrato con la vida si no reconozco que he sido una persona afortunada en mis 38 años: fui un niño que no le faltó nada ni en lo económico ni en lo afectivo, no he experimentado la muerte de mis familiares cercanos, he estudiado hasta maestría, no he conocido el desempleo, tengo 10 años trabajando para una organización internacional, he visitado muchos países y conocido a mucha gente como parte de mi trabajo, he estudiado muchos cursos y diplomados, tengo una familia – esposa e hijo, y por ahora tenemos un nivel de vida digno donde no tenemos carencias.

Pero esta pandemia me ha llevado a replantearme escenarios y a navegar por emociones tormentosas, como quizá también a usted le ha pasado. Mi empleador es una empresa social pequeña, con una estructura financiera endeble y no a prueba de pandemias. Los 28 centros de Diálogo en la Oscuridad en el mundo tuvieron que cerrar y todos nuestros talleres están cancelados. No estamos ciertos cuándo y cómo podremos reabrir, pues mantener la distancia física en la oscuridad es muy complicado. Una parte central de mi labor en esta organización era viajar; llegaba hasta el país donde abriría un nuevo centro de Diálogo en la Oscuridad y capacitaba al nuevo equipo local. Sinceramente no estoy convencido de que tales viajes puedan regresar pronto, pues los aviones están convertidos en focos de contagio.

De pronto una situación laboral donde trabajo para una empresa alemana, viajo y mis funciones están en una red de personas que está en 30 países parece una situación casi de ensueño. Y de pronto todo eso se simbra. E inevitablemente me asaltan las dudas. Le confieso que me he preguntado si no fue un atrevimiento desmedido desafiar los límites de una persona ciega y haber decidido formar una familia con una mujer ciega y pretender vivir de forma independiente y autónoma, si no fue un desafío tener un hijo y pretender que tenga una vida digna y cómoda, si no fue un atrevimiento viajar por los 5 continentes para trabajar y expandir el impacto de nuestra organización. Sumidos en esta pandemia y en esta incertidumbre, me cuestiono si no es un atrevimiento seguir ambicionando un determinado sueldo, un determinado nivel de vida…

Pero sé que esto es solo un vértigo. Es la misma sensación que me asaltaría si de pronto me descubro nadando en mar abierto. Conozco una colega ciega en Brasil que hace algunos años comenzó a practicar nadar en mar abierto. No tengo idea de cómo lo hace, ni cómo logra conservar su orientación en medio del mar donde encontrar referencias es dificilísimo. Aun así, apuesto a que es una experiencia aterradora, liberadora y empowderadora.

Esta es la sensación que da cuando de repente nos damos cuenta de que estamos caminando sobre el a abismo sin equipo  de seguridad. Es la vulnerabilidad en toda su magnitud. Cuando de pronto comprendes que eres vulnerable a un virus, a la inestabilidad económica y a los juegos políticos y de poder.

Sin embargo, nacemos pendiendo de un hilo, nacemos destinados a morir y nacemos expuestos a miles de adversidades; para ejemplo estamos aquellos que nos tocó perder un sentido durante nuestra vida. Y eso hoy me da fuerza para continuar. El destino no es un misterio. El destino es que vamos a morir. Por lo tanto, el truco está en hacer algo con el cachito de vida que nos tocó. No sé qué elija usted, pero yo elijo seguir dándole la contra al destino, seguir escapándome de las etiquetas y las cajas sociales para alcanzar a rozar, aunque sea con la punta de mis dedos, mi realización personal.

Pepe Macías
pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx