Barrios insípidos

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Era el domingo previo al puente del 20 de noviembre. Sebastián y yo llegamos al parque de nuestra colonia; él se sentó y comenzó a jugar con la graba y las piedras. De pronto reparé en el tremendo silencio que nos rodeaba; parecía que no había vida alrededor y que sobre la colonia había caído una bomba nuclear, arrasando con todo ser vivo. Disfruté del silencio, aunque en cierto  punto me invadió la inquietud.

Hoy los sonidos que prevalecen en este fraccionamiento privado son discretos; los más ruidosos son los perros, sobre todo los pequeños, esos remedos de perro que por alguna razón están de moda. Cuando era niño los sonidos del barrio eran otros, a veces molestos e incómodos, pero nos daban la certidumbre de que nuestros vecinos seguían ahí, vivos y chingando: televisores, radios o grabadoras a todo volumen, gente reunida armando algarabía, los gritos de alguna mamá histérica y los berridos de los niños en pleno trajín, carros, camiones…

Hoy la vida ha cambiado y se vive de puertas adentro. Hay casas en este fraccionamiento que incluso dudo si están habitadas por seres vivientes. Hoy se vive con el temor de molestar a los vecinos, por lo que procuramos (algunos) ser lo más sensorialmente imperceptibles que se pueda.

Para mí, como ciego, es importante el rastro sensorial de los barrios. EN la colonia donde crecí casi todas las fachadas eran distintas al tacto y al oído, había una profusión de barandales y puertas, rampas, desniveles, escalones, banquetas reventadas por las raíces de los árboles, tapas de registros, alféizares sobresaliendo de las casas, aires acondicionados, postes, mecedoras, botes de basura, jardineras, letreros de alto, medidores y demás artilugios. Hoy, inmersos en la cultura de la accesibilidad universal, diríamos que todos estos objetos serían obstáculos y potenciales focos de madrazos para un ciego y para el libre tránsito, pero en su momento todos fueron referencias táctiles que me ayudaban a orientarme y a saber dónde estaba.

Incluso había casas que tenían sus sonidos particulares: esa con el gran porche techado que emitía un gran eco, la de la puerta angosta y de madera que incluso abierta producía un sonido sordo y seco, la casa de barandal pequeño que arrojaba apenas un eco perceptible, aquella donde la TV estaba siempre prendida en los mismos programas a ciertas horas, aquella donde constantemente estaba la radio sintonizada, los enfriadores de los comercios, las maquinitas de videojuegos en las tienditas, sonidos particulares de talleres o tornos, y todos los coches que trajinaban por las calles entre camiones, camionetas, coches pequeños y otros grandes, algunos medio descompuestos y otros francamente atemorizantes.

Y qué decir de los aromas: de las tienditas se escapaban olores de frutas y verduras, jabones y detergentes en polvo; desde las casonas flotaban lentamente algunos aromas a rancio, humedad y guardado; los puestos de tacos y changarros de comida callejera expelían alegremente aromas de aceites, grasas, carne y humo; las casas arrojaban los aromas de los guisos, el café, el suavizante, los lápices y los colores de madera; en la calle se percibía el hedor del agua estancada, los detergentes, la tierra y las hojas muertas o el lejano perfume acre de alguna industria.

Probablemente tantos ruidos distintos, aromas  diversos y texturas variadas era la consecuencia de que hubo un tiempo donde en las colonias cada uno hacía lo que se le hinchaban las bolas, pero sin duda esos recuerdos sensoriales le abren la puerta a otros recuerdos y a otras añoranzas; era una maqueta rica en sensaciones a través de la cual, con la precaución debida, era relativamente fácil orientarse sin ver, pues los olores y las texturas nos decían dónde estábamos.

Hoy colonias como la mía son estandarizadas, las banquetas son todas casi iguales, también las entradas de las casas se parecen todas; claro que por aquí no hay tienditas ni talleres, no hay casi aromas porque creo que la gente difícilmente cocina, y no es tan frecuente oír televisiones y radios perpetuos. Aquí muchas sensaciones se sacrificaron para no molestar a los vecinos (si bien los remedos de perro prevalecen). Aquí es  difícil orientarse sin ver. Se hace necesario más bien encender la brújula interna, agudizar la atención para estar vigilante de los movimientos y las vueltas, afinar el oído para detectar sonidos sutiles (alguna charla por lo bajo, una TV a bajo volumen o el ruido lejano de alguna fábrica).

Ni mejor ni peor. Solo me pregunto si esta estandarización de calles y banquetas, y si este presunto respeto por el vecino nos ha ayudado a construir mayor vida en comunidad o no. Yo por lo pronto, además de mis sentidos, he desarrollado mi brújula interna, mi atención,  y a veces también hago trampa, saco mi celular y uso el mapa o el GPS para orientarme en un barrio insípido como este.

Pepe Macías

pepe@dialogoenlaoscuridad.com.mx

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